Bismillah ar-Rahmân ar-Rahîm, «en el nombre de Dios, el Misericordioso en la Trascendencia, el Compasivo en la inmanencia», es la fórmula con la que empiezan las suras del Corán —los capítulos de la Revelación divina transmitidos en forma de libro, de texto sagrado, destinados a la recitación ritual de los musulmanes. Con esta fórmula, los musulmanes invocan al Misericordioso y la manifestación de Su misericordia, no solo durante las oraciones rituales, sino también al levantarse y empezar el día, antes de las comidas como señal de gratitud, y en los saludos tradicionales entre familiares y otros miembros de la comunidad islámica.
Sin duda, Dios muestra misericordia hacia las criaturas que se abren al don de la fe y al sustento. De hecho, todo bien celestial y terrenal proviene del Señor de los mundos, quien, según la medida perfecta establecida por Su sabiduría, provee para las necesidades espirituales y materiales de Sus criaturas.
Pero hay, ante todo, un plano fundamental que trasciende la manifestación y no conoce otra realidad que la realidad divina: la esencia de Dios antes de la creación e independientemente de ella, las cualidades divinas consideradas en sí mismas, antes e independientemente de su irradiación hacia las criaturas. En este plano, Dios, Alá, es misericordioso en sí mismo y consigo mismo, pues la naturaleza ontológica de Dios implica la misericordia.
En una segunda etapa —en la que la sucesión es menos cronológica que ontológica y lógica—, Dios dirige Su misericordia hacia las criaturas; esta se irradia por los mundos como la luz del sol, que lleva claridad, calor y vida a cada rincón del mundo. Dios hace que los hombres y las mujeres participen de Su conocimiento y sean beneficiarios de Sus dones. Pero los hombres y las mujeres tienen una responsabilidad única en este mundo, pues han sido creados a imagen y semejanza de Dios o, como dice una tradición islámica, «a semejanza del Misericordioso». Los hombres y las mujeres guardan en su interior esa naturaleza divina según la cual fueron formados, y en ello se puede reconocer la dinámica de la misericordia divina, que es la misericordia de Dios hacia sí mismo a través de la mediación de las criaturas y los creyentes. Como un espejo frente a otro espejo, las bendiciones se reflejan de Dios a Dios a través del hombre, quien finalmente supera la ilusión de su propia autonomía individual en este sublime «juego de espejos» donde solo permanece la presencia divina.
El atributo de Dios ar-Rahmân, el Misericordioso, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; por lo que tiene su origen antes incluso de la creación misma, para manifestarse después como una cualidad consustancial al mundo y a la vida, una cualidad que rige las relaciones de las criaturas con su Señor y las relaciones entre las propias criaturas.
Como dice el Sagrado Corán, la misericordia es una obligación que Dios se ha impuesto a sí mismo: «Di: “¿A quién pertenece lo que hay en los cielos y en la tierra?” Responde: “¡A Dios! Él se ha impuesto la misericordia”»; «Y cuando vengan a ti los que creen en Nuestros signos, diles: “¡La paz sea con vosotros! Dios se ha impuesto a sí mismo la misericordia”».
La misericordia es, por tanto, una característica divina, un principio fundamental que no se limita a la manifestación de la creación ni a las características de la existencia individual, y no puede equipararse ni reducirse al sentimiento humano que es la compasión o la empatía. Aunque también se manifiesta en todos estos planos de la realidad, la misericordia es ante todo una realidad divina, luego un resplandor espiritual y, por último, también una ayuda generosa que llega del Señor a Sus siervos: solo Él conoce, sin embargo, las formas, los momentos y los destinatarios de Su misericordia.
La misericordia de Dios está presente incluso cuando parece que la persona está pasando por momentos difíciles. Dios nunca está ausente, no está lejos, no está distraído. La inmensidad de la misericordia divina es tal que preserva a las criaturas de sus propias expectativas, de sus propias opiniones sobre lo que les resultaría deseable, de sus propias peticiones inconscientes. La misericordia del Señor de los mundos se expresa a veces precisamente en el hecho de no escuchar las oraciones del creyente o de mostrar a Sus siervos una aparente severidad: solo Dios sabe, en efecto, qué es bueno y qué es malo para cada una de Sus criaturas.
Si es un error equiparar la misericordia de Dios con la satisfacción de tus propias necesidades, ya sean reales o imaginarias, es igual de erróneo caer en la perspectiva opuesta y reconocer el amor divino solo en el dolor o las dificultades. La perspectiva islámica —y, en general, cualquier perspectiva auténticamente religiosa— rechaza, de hecho, en cualquiera de sus formas, el culto pasional al sufrimiento, buscado como señal de una predilección divina especial.
En ambos casos, se trata de la incapacidad de ver y vivir la presencia, la acción y la misericordia de Dios en todas sus formas: tanto en la alegría como en el dolor, tanto en los momentos fáciles como en los difíciles, tanto en la riqueza como en la pobreza.
La misericordia de Dios se manifiesta a través de las tres dimensiones de la fe, el conocimiento y el sustento, pero también en el pluralismo de las religiones, fruto de la sucesión providencial de las Revelaciones.
El don de la fe es un acto de misericordia de Dios hacia el hombre. Un don, precisamente: un gesto generoso de Dios hacia las criaturas. Desde una perspectiva más elevada y acorde con la realidad de las cosas, la fe no implica una elección humana, sino la aceptación de la voluntad divina. No se elige creer de forma individual y autónoma; se acepta el don divino de la fe. La palabra «islam», por cierto, tiene entre sus principales significados el de «aceptación» y designa la «sumisión a Dios en paz».
La profesión de fe islámica, la shahada, es el primer pilar de la religión y dice: «No hay más dios que Dios y Mahoma es el Mensajero de Dios». La iláha illa Alláh, Muhammad rasúl Alláh. Se trata de un acto de fe y de conocimiento. Las criaturas reconocen la verdad —ven, por así decirlo, la unidad divina y la sucesión profética hasta el último de los enviados, Mahoma ﷺ—, y finalmente dan testimonio de lo que ven. La fe es, en efecto, el primer grado del conocimiento suprarracional y constituye una anticipación, la visión a través de un velo que los creyentes piden a Dios poder contemplar a lo largo de su vida, para poder finalmente comprender con claridad su belleza y majestad.
La pureza de la fe lleva al musulmán a erradicar los vicios del egoísmo y la infidelidad, y a actuar con una apertura cada vez mayor a la voluntad divina. Así, el creyente reconoce su verdadera identidad religiosa y encuentra en ella la inspiración para gestionar con justicia sus responsabilidades cotidianas. La identidad del musulmán consiste, en efecto, en alcanzar la aceptación de la voluntad de Dios, una realización que puede lograrse a través de un proceso de purificación de su fe en Dios y de su adhesión a la conducta del profeta Mahoma ﷺ.
La dimensión de la fe no tiene nada que ver con una forma de fatalismo pasivo y está en las antípodas del quietismo. De hecho, corresponde a los hombres y a las mujeres prestar un servicio al Misericordioso que les eleve a la categoría de ’ibâd ar-Rahmân, los siervos del Misericordioso. Es precisamente esta servidumbre piadosa y virtuosa la que abre al creyente el beneficio participativo y cognitivo de una relación constante y consciente con la misericordia divina.
Cuando la razón humana entra en contradicción con la razón divina, nunca tiene razón. Cuando la razón humana sigue a la razón divina, siempre tiene razón. Para tener razón, la razón debe estar iluminada por la fe. Si la fe es pura, la razón se expresa con claridad e inteligencia. Si la fe se ve oscurecida por el olvido de Dios o por la falta de conformidad con las enseñanzas de los profetas, la razón se vuelve confusa y muestra cierta ambigüedad.
No se trata de fideísmo, sino más bien de unir la fe con el intelecto. La fe, de hecho, lejos de ser una especie de creencia sentimental, simplista y consoladora —una herencia infantil de una humanidad que pronto podría prescindir de ella—, se identifica, por el contrario, con el primer nivel de la dimensión intelectual. La fe es, por tanto, ya una forma de conocimiento superior a la que deriva de la racionalidad individual y equivale al punto de unión entre la razón y el intelecto. Según la perspectiva tradicional, de hecho, la razón y el intelecto no son lo mismo: mientras que la razón sigue siendo una facultad humana, personal y limitada individualmente, el intelecto es la participación en un modo de conocimiento suprapersonal, suprarracional y universal. Esta participación es posible gracias al estatus ontológico del hombre, creado ‘alā sûratihi, a imagen y semejanza de Dios. Es precisamente la conformidad con el Señor de los mundos lo que permite a los creyentes virtuosos alcanzar, al elevarse, el conocimiento de Dios.
La fe, por lo tanto, no significa irracionalidad, sino suprarracionalidad.
Se trata de saber vivir una fe iluminada por el intelecto y una razón iluminada por la fe, sin divisiones ni confusiones. La fe y la razón constituyen, en efecto, para todo creyente, dimensiones complementarias e inseparables de la naturaleza humana —aunque se refieran a planos mutuamente inconmensurables—, dimensiones que necesitan ser profundizadas y afinadas para una participación más cualificada en el desarrollo espiritual y material de la humanidad. El respeto por las características específicas de la fe y la razón constituye el fundamento del respeto hacia todos los creyentes y hacia toda criatura. La naturaleza de la fe es, en efecto, inspirar al hombre a la visión de Dios, mientras que el sentido de la razón humana es aprender a vivir en este mundo siguiendo las reglas de la inteligencia.
Otro aspecto de la misericordia divina que se manifiesta en la fe es la necesidad de la religión. De hecho, no basta con afirmar que eres una criatura del Dios único y tener fe sin practicar alguna de las religiones que Él ha revelado. La fe no es una opinión abstracta, una representación mental, una afirmación de principio o una formulación verbal; por el contrario, implica una adhesión activa a la Revelación divina y constituye el comienzo de una transformación ontológica. La fe exige un camino de acercamiento a Dios que solo puede realizarse gracias a los medios providenciales de las religiones, las cuales, como indica la propia etimología de la palabra religio, del latín religare, «unir», tienen precisamente la función de conducir a las criaturas hacia su Señor; estos medios son, ante todo, los ritos que permiten la influencia del Espíritu, necesaria para la transformación de hombres y mujeres.
Creer en el Dios Único no significa que solo deba existir una religión válida —la tuya—, excluyendo a las demás. Dios es único y nadie más que Él posee esa unidad; pero en Su omnipotencia y misericordia, Él ha decretado que haya diferentes religiones, todas válidas y funcionales para los miembros de sus respectivas comunidades. La coexistencia de diversas religiones y comunidades de creyentes es una expresión de la voluntad de Dios, que ha concedido a Sus múltiples criaturas diferentes formas de alcanzar la salvación y numerosas disciplinas espirituales, todas ellas eficaces, siempre y cuando el creyente se disponga a practicarlas con sinceridad, respetando plenamente la doctrina y la ortodoxia ritual de su propia religión, y sin confusiones ni sincretismos.
«En un principio, los hombres formaban una sola comunidad, y Dios envió a los profetas, mensajeros de buenas nuevas y amonestadores, y con ellos reveló el Libro de la Verdad para juzgar entre los hombres aquello en lo que discrepaban». «Si Dios hubiera querido, os habría hecho una sola comunidad, pero os pone a prueba con lo que os ha dado. Así que compite en buenas obras. Todos volveréis a Dios y Él os informará sobre aquello en lo que discrepabais». «Que haya entre vosotros una comunidad de personas que inviten al bien, que promuevan la justicia y prohíban la injusticia. Ellos tendrán éxito». De la lectura de estos pasajes del Corán se desprende el desarrollo de la historia de la comunidad: al principio, todos los hombres eran «una sola comunidad». Se trata de la comunidad primordial, expresión de los primeros hombres que vivían la santa emoción de la vida y de la presencia en la tierra como un descubrimiento constante de conocimiento, y cada nueva experiencia como una oportunidad inconmensurable de reconocer el milagro divino que se renueva a cada instante. El progresivo declive de esa primera comunidad llevó posteriormente a las criaturas a confundir los signos de Dios con Su esencia, y la belleza del mundo con el recuerdo de Dios, hasta caer en la idolatría.
La misericordia de Dios decidió, pues, enviar a la tierra una sucesión de «profetas, mensajeros y advertidores» que, providencialmente, mantuvieron una disciplina espiritual al tiempo que favorecieron la multiplicación de las comunidades en diversos grupos religiosos. La llamada de los mensajeros que inspiran a las diversas comunidades religiosas consiste únicamente en orientar a los creyentes hacia la verdad, permitiéndoles distinguirla de la falsedad; en renovar el recuerdo del servicio a Dios y no del servicio a los hombres; el recuerdo de la responsabilidad en este mundo con vistas al Más Allá; la invitación a la práctica de las virtudes espirituales y no de los vicios individuales.
La sucesión de profetas desde los orígenes hasta hoy —desde el primer hombre, Adán, hasta el Sello de la profecía, Mahoma ﷺ — aporta a la humanidad la enseñanza divina, que permite dar sentido a la existencia de quienes saben abrirse a ella desde una dimensión y una perspectiva más amplias y nobles. Una perspectiva que parte de la certeza de la fe, de la fe firme en el milagro de una presencia espiritual que nos trasciende y que, al mismo tiempo, es inmanente y opera en nuestra vida.
La misteriosa unidad de esa presencia espiritual que une y distingue la trascendencia y la inmanencia se identifica con la realidad de ese Dios único que inspira a toda comunidad religiosa. En torno a este eje divino, que une los mundos como las perlas de un collar, se desarrollan las diversas interpretaciones teológicas, doctrinales y dogmáticas, y los diferentes matices de mayor o menor ortodoxia y observancia ritual. Así, cualquier creyente de cualquier comunidad puede alcanzar un mayor o menor grado de transparencia en la piedad espiritual, según su disposición a seguir el ejemplo de los maestros y a realizar esa síntesis ascendente de los signos de Dios hacia el Señor de los signos, con el don del intelecto que Dios ha concedido a todo hombre.
La dimensión comunitaria es, además, fundamental para vivir la fe con sensatez: «Los creyentes y las creyentes son amigos y hermanos unos de otros; invitan a las buenas obras y condenan las malas, realizan la oración y pagan el zakat, y obedecen a Dios y a Su Mensajero: a ellos, Alá les tendrá misericordia; Él es Poderoso, Sabio». Los musulmanes se apoyan mutuamente en el esfuerzo por comprender y seguir la voluntad de Dios en cada etapa de su vida. El consejo, la enseñanza, la advertencia y el testimonio inspirador que los creyentes se brindan mutuamente ayudan a todos los miembros de la comunidad a mantener el rumbo y seguir por el «camino recto». Es también gracias a la empatía fraternal entre creyentes de cualquier comunidad religiosa que el ser humano recupera la capacidad de discernir entre el bien y el mal y de consagrar su estancia en el mundo mediante obras de adoración y gratitud, de caridad, de solidaridad y de amor.
En el islam, el amor representa un grado inferior de la Rahma, una parte de la misericordia del Creador, una parte del comportamiento del Profeta. El amor es una disciplina sagrada, una dinámica del conocimiento que pertenece a Dios y no a las interpretaciones libres y erróneas del ser humano. Se trata de una mayéutica del arte divino para sostener a las criaturas y al mundo en su armonioso proceso de integración en el orden celestial.
El amor entre las criaturas es, en efecto, uno de los signos del resplandor del amor de Dios por Sus criaturas; así, la fraternidad espiritual entre creyentes, la colaboración entre personas agradecidas, la presencia sensible y la atención sincera hacia los pobres y los necesitados son tantas ocasiones para poner en práctica ciertos aspectos concretos de la misericordia del Misericordioso hacia Sus amados siervos. En cuanto al amor de los creyentes por Dios, es en realidad un resplandor del amor de Dios por sí mismo: corresponde a los hombres alcanzar la transparencia necesaria para que el amor de Dios pueda convertirlos en eslabones benditos de ese círculo sagrado que tiene en Dios su origen y su fin.
Del amor entre las criaturas surge también el diálogo, la comunicación física, psíquica y espiritual, que, por lo tanto, se convierte en una condición natural del ser humano, fruto de una descendencia bendita de pueblos y naciones, de culturas y civilizaciones, a la que incumbe la responsabilidad espiritual de honrar la vida en el mundo junto a otras criaturas del mismo o de otro origen, pero cuyo origen coincide en el mismo Dios, Creador de los cielos y de la tierra y de todo lo que hay entre ellos.
El objetivo del diálogo es ese deber de conocernos mutuamente, que nos sirve para conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestro Señor. Es precisamente a través del diálogo con el prójimo —en un encuentro natural con la otra criatura divina, ya sea padre o madre, hermano o hermana, hijo o hija, vecino o vecina— que toda persona tiene la posibilidad y el deber de aprovechar la oportunidad de un nuevo conocimiento, tanto cuantitativo como cualitativo, capaz de confirmar o refutar ciertas concepciones de la realidad espiritual de uno mismo y del mundo.
La diversidad de religiones y de seres vivos no puede, de hecho, justificar ningún sincretismo, ningún relativismo ni ningún conflicto competitivo. No hay ninguna religión superior o mejor que otra, porque toda religión verdadera es un camino espiritual lleno de todos los recursos necesarios para la salvación o la iluminación del creyente, en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento de la historia. Las religiones son esencialmente perfectas, ya que vienen de Dios. Más bien, depende de la honestidad del creyente saber aprovechar adecuadamente esos instrumentos y avanzar por el camino recto de su propia religión, valiéndose, en ese recorrido virtuoso, de las ayudas que Dios ha preparado —entre las que se encuentran el diálogo y el intercambio entre creyentes y personas, sabios y maestros de la misma religión o de otras confesiones.
Absolutizar la propia religión es un grave error. La religión, aunque constituye un camino bendito y providencial de retorno a Dios, es sin embargo relativa frente a Aquel que es el único absoluto: Alá, Dios. Los creyentes no deben desarrollar un apego visceral a las formas sagradas de su confesión olvidando su carácter simbólico. Los creyentes no deben adorar a su propia religión, sino a Dios, si no quieren caer en una forma de idolatría sutil pero igualmente peligrosa.
Por otra parte, un error igual de grave es relativizar, basándose en argumentos psicológicos, el valor absoluto de la fe en Dios de los distintos creyentes de las diferentes religiones. El relativismo, de hecho, no es lo mismo que el pluralismo, porque el relativismo le quita a todo —a cualquier religión y a cualquier símbolo sagrado— su valor espiritual, al «relativizar » todo en un plano horizontal, desprovisto de profundidad y verticalidad, con la pretensión de reducir artificialmente los diversos aspectos de la ciencia divina y de todas las religiones sobre bases históricas o antropológicas, privándolas de toda correspondencia con la naturaleza de su marco de referencia: lo sagrado y sus reglas.
El estudio de los textos sagrados y de la vida de los distintos enviados de Dios debe partir del reconocimiento de una irrupción especial del Espíritu de Dios en un momento y un lugar concretos. Así se comprenderá fácilmente que la providencia divina, además de producir el beneficio inconmensurable de nuevos caminos de salvación y de conocimiento, forma parte de un orden de realidad eterno y universal, que por lo tanto no puede limitarse exclusivamente a formas específicas —sean estas de historia o de geografía sagrada—, ni tampoco analizarse sobre bases sociales o psicológicas.
La esencia espiritual de la doctrina islámica depende directamente de una irrupción de lo sagrado en el mundo que no puede historicizarse, ya que es una expresión de la misericordia divina. La misericordia de Dios es, en efecto, eterna en su naturaleza de cualidad divina, y primordial, ya que irradia en los mundos sin interrupción desde el principio de los tiempos, desde el inicio de la creación. La doctrina tradicional se articula en aplicaciones siempre diversas, ligadas a la mutabilidad de las contingencias, pero permanece inmutable en su esencia, la cual reside en la ciencia divina y trasciende las categorías de la historia.
Se trata de aprender a comprometerse en nombre de Dios y no en nombre propio, relativizando ante el absoluto de Dios la objetividad providencial de la propia historia sagrada y de la propia tradición, y buscando con atención y sensibilidad captar esas enseñanzas que Dios quisiera impartir en su infinita misericordia, incluso a través del diálogo con un hermano de tu propia fe o de otra fe.
Para que la comunicación sea eficaz, hará falta tener claro el objetivo del diálogo, que, además de fomentar un conocimiento más profundo, debe generar precisamente una mayor piedad espiritual —esa cualidad que distingue a los verdaderos sabios de cualquier tradición y que muestra el grado de cercanía y nobleza espiritual alcanzado ante Dios. Es precisamente la presencia accesible de estos sabios lo que garantizará la calidad y la funcionalidad de un diálogo verdaderamente religioso, sin dejar que prevalezca el orgullo de una supuesta competencia doctrinal o de algunas habilidades dialécticas y filosóficas.
No se trata, pues, de dialogar para seguir una sugerencia humanitaria, ni para oponerse a una tendencia política secularizadora y materialista, sino para renovar el orden de un «diálogo por Dios», en el que los sabios sepan deducir y aplicar en la vida las correspondencias actualizadas de ciertos principios doctrinales, para la práctica espiritual y material no solo de sus propios fieles, sino también de los de otras religiones.
Sin caer en el error del sincretismo, esos mismos sabios quisieron destacar el valor espiritual de cada mensaje y de cada mensajero, poniendo de relieve la dimensión universal del beneficio divino; la cual, si bien en el momento de su llegada provocó la reconversión tradicional de algunos pueblos hacia una nueva forma religiosa, sin duda transmitió un beneficio espiritual a todos los demás pueblos que, en ese mismo momento, pertenecían y han seguido perteneciendo a otras confesiones.
De hecho, toda nueva Revelación aporta un beneficio metodológico también a quienes no se adhieren formalmente a ella, aunque reconocen su valor divino, al exhortar a los fieles de las Revelaciones anteriores a una renovación espiritual que preserve la vitalidad original de su propia religión. La llegada del cristianismo reavivó sin duda la vitalidad espiritual del judaísmo, al igual que la Revelación del islam favoreció la renovación de la aspiración espiritual de judíos y cristianos. De hecho, es siempre Dios quien vuelve a hablar a los hombres con cada nueva Revelación, llamándolos hacia Él.
Las diferentes perspectivas teológicas que aparecen en las distintas Revelaciones son providenciales y deberían respetarse y enseñarse con el objetivo de comprender su profunda complementariedad, aprovechando la tensión metafísica que surge del encuentro entre los múltiples aspectos del único Dios, que, para poder interiorizarlos y vislumbrar su unidad trascendente, exigen a los creyentes el esfuerzo de saber mirar más allá de las formas. Por otra parte, no se puede limitar la realidad incondicional de Dios a una formulación verbal. Del mismo modo que cualquier idioma usa palabras diferentes para referirse a un mismo significado, las religiones también usan formas diferentes y, en apariencia, incompatibles para referirse al mismo y único Dios, a quien las palabras y las formas solo pueden expresar de manera simbólica.
De hecho, no son solo las formas reveladas las que parecen oponerse entre sí. Al contrario, en toda la realidad manifestada se dan esas aparentes oposiciones, y todas ellas nos obligan a ver la unidad más profunda de la realidad, elevándonos por encima de la vida cotidiana y convencional. Solo Dios es la Verdad, y esta no puede asociarse a ninguna de las formas providenciales necesarias que Él ha establecido para conducir al hombre a la salvación y al conocimiento.
Según la doctrina islámica, todo lo visible e invisible, estático o dinámico, es un signo de Dios, un signo del único Creador de los cielos y de la tierra y de todo lo que hay entre ellos. La causa primera de la existencia de todo está ligada a la intención de Dios de «querer ser conocido». Su deseo de conocer y de reconocerse a sí mismo en el reflejo de Su manifestación es la base del amor que el musulmán vive en su esfuerzo por satisfacer ese mismo conocimiento. Se trata de una dinámica misericordiosa de conocimiento y amor en la que Dios se conoce y se ama a sí mismo en Su reflejo, en Su creación, en Sus criaturas .
Para reforzar la fe religiosa —que es el fundamento esencial del conocimiento sagrado—, Dios nos muestra Sus signos y el milagro de una creación que se renueva a cada instante. A través de la contemplación de Dios y de Sus signos, y de la meditación sobre los símbolos y la dinámica de la creación, cada musulmán se abre al reconocimiento de la unidad de Dios en la universalidad de la creación. Los signos de Dios en el mundo son inagotables, diversos y cambiantes, pero todos participan de la universalidad y la maieutica de Dios, que sugiere milagrosamente a las criaturas sensibles la variedad formal de la creación y la unidad esencial del Creador. Así, los musulmanes se abren a reconocer el origen único de la variedad que se despliega en el mundo y la presencia inconmensurable de Dios en cada aspecto, lugar e instante de Su manifestación.
El islam anima al hombre a replantearse su propia existencia desde una perspectiva exclusivamente cognitiva, en la que, a partir de la experiencia de la vida y del cumplimiento de su propia misión como siervo y vicario de Dios en el mundo, te sea posible aprender con humildad y dignidad a conocerte mejor a ti mismo; pues, como se dice en otra tradición profética, «quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor».
Partiendo de esta última reflexión, podemos darnos cuenta del nivel al que Dios ha querido elevar al ser humano, situándolo en el centro del universo que Él ha creado y permitiéndole conocer la variedad de la creación, que no es más que un reflejo de Su infinita misericordia, Rahmat Allah.
De hecho, la oportunidad que Dios nos da a todos para alcanzar el mismo conocimiento universal que nos transmitió el profeta Mahoma ﷺ coincide precisamente con la fidelidad a su Sunna y con el deseo de seguir su ejemplo, acercándonos al nivel de perfección delInsân al-Kâmil, el Hombre Universal. En este sentido, cada musulmán está llamado a actuar en virtud de un conocimiento cada vez más profundo de su propia función, convirtiéndose en testigo, mushâhid, de la verdad contenida en el primer pilar del islam, la shahâda, el testimonio de fe: lâ ilâha illâ Allah Muhammad rasûl Allah, «No hay más dios que Dios y Mahoma es Su mensajero».
Es precisamente así como la luz profética, el nûr Muhammadiyya, ejerce su presencia iluminadora sobre todas las cosas, abriéndonos los ojos a la evidencia de la presencia de Dios en la que estamos inmersos y de la que estamos formados. Para los que ven y se dan cuenta de esta presencia gracias a la transparencia que aporta la luz de la profecía, todo y cada momento forman parte de la eternidad del mensaje revelado del islam.
Los creyentes no pueden limitarse a una adhesión formal al testimonio de fe, sino que deben vivir el islam de forma cotidiana y práctica; porque el conocimiento que no se refleja en la vida no es auténtico, del mismo modo que un vaso lleno no puede evitar desbordarse, revelando así la autenticidad de su plenitud. La vida de los creyentes debe ser, por tanto, el espejo de su islamicidad, de su fe, de su conocimiento y de su realización ontológica de la shahâda.
Este hombre será capaz de expresar e interpretar en la tierra la armonía y la paz que se derivan de la verdadera naturaleza de la humanidad y del mundo. Su testimonio nunca se referirá a la utopía de un «paraíso en la tierra», sino más bien a la verdadera naturaleza del paraíso y de la tierra, y sobre todo a la ciencia divina e impenetrable para llegar al paraíso honrando la existencia en la tierra.
El cambio del mundo depende directamente de la acción de la misericordia divina, que actúa renovando el orden de la creación a través de las almas purificadas de aquellos que hayan sabido transformarse a sí mismos antes de cambiar el destino de un pueblo, tal y como enseña el Sagrado Corán. Se trata de aquellos que habrán sabido reorientar hacia Dios su sensibilidad espiritual y subordinar los movimientos del alma a la «imagen del Misericordioso».
Sin embargo, en este caso no se trata del individuo racional, sino más bien del Hombre Universal, del hombre considerado en su dimensión espiritual y capaz de acoger la presencia santificadora del Señor.
Otro principio muy presente en la doctrina islámica es el de la sacralidad de la vida. De hecho, el ser humano fue creado«‘alâ sûrat ar-Rahmân», es decir, «a imagen del Misericordioso»: esta expresión expresa la responsabilidad concreta del ser humano como vicario de Dios en la tierra, llamado a practicar la misericordia hacia toda la creación y, con mayor razón, hacia las comunidades de creyentes de las otras Revelaciones que Dios, precisamente en virtud de Su omnipotencia, ha manifestado. La vida humana es sagrada porque viene de Dios, quien se la ha regalado a las criaturas para que puedan usarla con sabiduría y disciplina en la búsqueda de Su conocimiento, tal y como lo han hecho todos los santos de Dios desde los orígenes hasta nuestros días.
De hecho, el islam abarca a todas las comunidades de verdaderos creyentes desde la época de Adán, el primer hombre y primer profeta islámico, hasta el último de los enviados, Mahoma ﷺ, que es el Sello de la profecía. El islam es, por tanto, la última expresión de la tradición inmutable o axial, la dîn al-qayyima, presente desde el origen del mundo y que se identifica con el aspecto inmanente de la verdad. Todas las tradiciones que Dios ha querido revelar son manifestaciones, en distintos tiempos y lugares, de esta tradición primordial y, por lo tanto, tienen una esencia única.
Sobre la unidad esencial y la profunda fraternidad entre las Revelaciones, los enviados divinos y las comunidades religiosas, la tradición islámica recoge una enseñanza del profeta Mahoma ﷺ a sus Compañeros: «De todos los hombres, yo soy el más cercano a Jesús, hijo de María, en este mundo y en el Más Allá». «¿En qué sentido, oh Mensajero de Dios?», le preguntaron. «Los Profetas son como hermanos del mismo padre, pero de madres diferentes. Su religión es única. No hay ningún Profeta entre Jesús y yo».
La misión del Sello de la profecía, Mahoma ﷺ, tiene también un fuerte carácter escatológico. De hecho, es el último de los enviados de Dios antes del Día del Juicio. El Profeta ﷺ recordaba a sus Compañeros —y nos recuerda a todos los creyentes, hasta el fin de los tiempos— la inminencia y la immanencia de la escatología con estas palabras: «Nos han enviado, a mí y a la Hora, así» —y mientras hablaba, hacía un gesto con dos dedos juntos.
Y es precisamente en la espera de ese juicio, de ese último día en el que todas las criaturas serán llamadas a rendir cuentas de sus actos, cuando la relación con la misericordia adquiere un valor definitivo. Sin la promesa de ese veredicto final, de esa balanza de justicia entre la coherencia y la indiferencia, entre la observancia y la desobediencia, entre el bien y el mal realizados por los seres humanos durante su vida en la tierra, la misericordia tal vez tendría un sentido diferente.
Los musulmanes están, por tanto, llamados a vivir una tensión escatológica de carácter espiritual, conscientes de que cada día podría ser el último día, cada hora la última hora. Por supuesto, no se trata de caer en un milenarismo emocional y fanático que se arrogue la pretensión de «dar fechas», olvidando que nadie conoce la hora salvo el Señor de la Hora. Se trata, por el contrario, de vivir cada instante de la vida como si fuera el último antes del encuentro con el Misericordioso y, por tanto, de buscar en cada momento el máximo beneficio espiritual y, en definitiva, la perfección divina.
La confianza o la esperanza en Su misericordia alimenta en los creyentes la posibilidad de acceder, en la vida del Más Allá, a la presencia de la eternidad de la gracia. Por el contrario, el castigo de una condenación que confina al alma a la ausencia de luz y al tormento del fuego del infierno es el destino de aquellos que no han merecido el encuentro con el Misericordioso.
«Y te hemos enviado como misericordia para los mundos». «Y di: “¡Señor mío! Perdona y ten piedad. Tú eres el más misericordioso”» . Los sabios comentan estas citas para recordar la función mediadora que el Profeta ﷺ tendrá al final de los tiempos ante los mundos y ante la comunidad de creyentes que hayan sabido seguir, según el Islam, la auténtica y plena aceptación de la única voluntad de Dios en la consecución de la paz interior y exterior. Para estos creyentes, él será mediador de misericordia el Día del Juicio.
El hombre es instrumento y destinatario del milagro y la misericordia de Dios, que le da la vida.
Dios no limita la manifestación de su misericordia al simple hecho de haberle dado la vida. De hecho, en el mundo, el hombre encuentra los medios de subsistencia que le permiten cuidar de la tierra y honrar a su Creador.
Los frutos de la tierra son, en efecto, dones de Dios y conllevan la responsabilidad de una gestión que Dios ha confiado a cada persona. Al alimentarse de estos frutos, cada persona se abre al conocimiento y a la conciencia del valor de la tierra y del cielo, del medio ambiente y del ciclo de la creación.
El sustento que Dios da a sus criaturas no consiste en satisfacer una necesidad física, sino más bien en una entrega de recursos espirituales que encuentran en los alimentos y las bebidas el medio para su distribución. Así, los creyentes, a través de los alimentos y las bebidas, comen y beben bendiciones.
Por eso, los creyentes deben abordar esta tradición con respeto y moderación, con sentido de lo sagrado, sin dejarse llevar por el impulso del hambre o la sed, que a menudo puede dar lugar a la glotonería, la codicia, los vicios de la boca, pero también a la avaricia y la mezquindad, e incluso al endurecimiento del corazón.
Según el Profeta, los fines de la comida en este mundo son saciarse y disfrutar de su buen sabor, al servicio de la adoración a Dios.
El aprecio y la gratitud por el sustento divino, que siempre es excelente y se adapta perfectamente a las necesidades reales de quien anhela a su Señor.
El hecho de invocar el nombre de Dios antes de beber o de empezar a comer, al igual que darle las gracias, pone de manifiesto el recuerdo y el agradecimiento por el don que Dios nos hace al ofrecernos el sustento gracias al cual podemos actuar y vivir.
No se puede reducir la misericordia divina a la mera preocupación por los necesitados, los vulnerables y los pobres.
Tenemos que honrar a los pobres de espíritu y ayudar a los pobres que carecen de bienes materiales, pero no podemos sustituir a los primeros por los segundos ni odiar a quienes tienen bienes, tachándolos de avaros.
Gracias a su misericordia, nos corresponde acompañar a los creyentes hasta el Reino de los Cielos y no solo en las preocupaciones de este mundo pasajero.
Si no reconoces la eficacia real de la influencia de la gracia en los ritos y los sacrificios desde una perspectiva metafísica de la vida, corres el riesgo de reducir la acción religiosa a una mera ayuda social pragmática, un extremo opuesto al dogmatismo, pero no menos desviado que este.